CENTRO DE ESTUDIOS E INVESTIGACIONES HISTORICAS Y SOCIALES

Objetivos Generales del CEIHS:

· Estudiar e investigar los distintos procesos históricos mundiales, nacionales y locales teniendo en cuenta los aspectos económicos, políticos, sociales y culturales, para lograr una comprensión acerca del funcionamiento de las sociedades en el presente y promover el desarrollo local.

· Recopilar, registrar y catalogar las diferentes fuentes de información para intentar analizar todos los hechos del pasado del hombre y poder así descubrir nuevos acontecimientos.

· Producir nuevos materiales bibliográficos y fuentes alternativas de información a partir de los resultados de los proyectos de investigación de cada departamento.

· Centralizar las actividades, la información, las fuentes y los recursos a partir de la articulación con otros centros de similares características y con otras organizaciones sociales en funcionamiento.


domingo, 25 de julio de 2010

HACIA EL ESTADO NACIONAL

Si, de acuerdo con Halperin, el rosismo fue, desde el punto de vista económico, la mejor adaptación posible a las condiciones del capitalismo mundial posteriores a la gran crisis de 1825, Caseros representará el inicio de una etapa de transición hacia la redefinición de la forma en que la región se insertará en ese mundo capitalista, sujeto desde mediados de siglo a una nueva transformación que se expresa en la revitalización del impulso globalizador y en la expansión basada en un nuevo salto productivo que conjuga nuevas tecnologías, mayor necesidad de materias primas y disponibilidad de capitales para inversión. Los países capitalistas en general e Inglaterra en particular, dejaban atrás la etapa recesiva comenzada con aquel verdadero crack, iniciando una fase expansiva en la que no resultaría tan difícil superar las crisis de superproducción y cuyo desenlace marcaría el final de la hegemonía inglesa y el comienzo del siglo XX.
Pero esta adaptación no es automática ni, mucho menos, indolora. Por el contrario, el periodo de transición (1852-1862), definirá las características mismas de esa nueva forma de inserción en el mercado mundial y esa definición va a estar acompañada de formas políticas necesariamente institucionalizadas, garantía de estabilidad y seguridad para las inversiones y la inevitable inmigración, y de un mercado unificado.
La necesidad de adecuación a ese mundo que se transforma y al que la Argentina rosista asiste con la inmovilidad paralizante del conservadurismo madurado en los largos años de gobierno del Brigadier y consolidado por su arrollador triunfo de los años 40-42, pondrá en juego fuerzas maduradas lentamente durante esa misma etapa y que, en distinto grado y desiguales tiempos, abonaron o pretendieron pertenecer al rosismo.
Si tradicionalmente se ubica en primer lugar a la denominada Generación del ´37 o Nueva Generación, resulta decisivo el vuelco del General Urquiza, primera espada del federalismo, como emergente de un litoral en pleno crecimiento económico, cuya producción no obstante no representa mas del 10% de la de Buenos Aires, que solo puede continuar su línea ascendente a través del acceso directo a un comercio internacional del que solo Rosas posee, y utiliza en beneficio de su sector, la llave; es decir, el puerto de Buenos Aires y la posibilidad de facilitar o no la libre navegación de los ríos interiores.
Es en este ultimo punto que la disidencia litoral encontrará apoyo externo, conformando hacia afuera una alianza imposible de concretar con un interior empobrecido, en el que Rosas ha sabido imponer su hegemonía con dosis exactas de terror y ayuda económica.
Hacia ese nuevo polo de poder volarán los apoyos de la elite letrada que desde el ´37 se auto-propone como vanguardia de la organización nacional, ya depurada, según su condescendiente análisis, de todo vestigio de influencia ilustrada y abrazada al catecismo certero: el romanticismo. Ella también ha sabido sacar conclusiones de la situación europea; el modelo que propone (que Caseros convertirá en varios) no podrá basarse en el apoyo de los sectores mas desfavorecidos de la sociedad, no por que hayan concluido que estos sectores están demasiado lejos de pronunciarse y comprometerse con alternativas que les resultan por completo ajenas, si no mas bien por la extrapolación que hacen de la peligrosidad que encierra tales apoyos, vistos los incendios revolucionarios de 1848, solo aplacados en Francia por ese particular modelo de gobierno de Luis Bonaparte, cuyos epígonos aparecerían en nuestro País muchos años después.
La experiencia y su sapiencia, inclinan entonces al conjunto de la elite ilustrada a ofrecerse como el brazo ejecutor de los sectores económicamente dominantes en la construcción de un Estado y una Nación, tarea que, en principio, habían evaluado como relativamente fácil, al sobredimensionar la herencia rosista, en especial en lo que respecta a la construcción del Estado Nacional, al que suponían como una mera extensión y profundización del dominio impuesto por Buenos Aires al interior y el que, creían, había generado la suficiente subordinación como para que bastara con un simple reemplazo en la cúspide para hacer aparecer un Estado moderno en el vasto (y basto) desierto argentino.
Pero Caseros ha unido solo transitoriamente a sectores cuyo único punto en común es la necesidad de quitar de en medio a ese verdadero dinosaurio que, desde Palermo, obstaculiza el tránsito hacia la modernidad. El estallido se preanuncia en el boletinero del Ejército Grande que, a diferencia de Alberdi, no se resigna a dejar en manos de Urquiza la conducción de un proceso al que juzga necesario poner en manos ilustradas, en especial las suyas. No será esa sin embargo la montaña que divida las aguas luego de la victoria sobre el ya herbívoro tigre de Palermo; un múltiple conflicto que tiene como nudo central aparente el remozado, por no resuelto, enfrentamiento de los sectores dominantes del interior, que han encontrado con Urquiza y los terratenientes del Litoral una conducción y cierta cohesión imprescindible, y los terratenientes bonaerenses, poco dispuestos a ofrendar las rentas de la Aduana en el altar de la unión nacional. Hacia el interior de estos dos campos, la discusión sobre subordinación por la fuerza o no de la díscola Buenos Aires y los que pretenden continuar con el modelo exportador de cueros y carne salada, para lo cual no se necesitan grandes cambios, y aquellos que, impulsados por los vientos del mundo, pretenden volcar la riqueza de los suelos a la producción ovina, tal como lo demanda la nueva división internacional del trabajo. La elite ilustrada, perdida con Echeverria toda pretensión de homogeneidad, abastecerá con ideas a los distintos sectores en pugna.
El que aparece como el conflicto principal tendrá expresiones políticas institucionalizadas; la Confederación y el Gobierno de Buenos Aires dictarán sus respectivas Constituciones y darán marco legal a la dominación de sus respectivas oligarquías, heterogéneas ambas, pero conscientes del que consideran su principal enemigo. En la Constitución de la Confederación se verá realizada la concepción alberdiana, crudamente expresada en sus “Bases”, de un poder Ejecutivo autoritario (aunque no arbitrario), mal disimulado en un federalismo y un republicanismo meramente declamatorios, que garantice tanto la continuidad del avance económico logrado durante el rosismo, como el orden impuesto durante ese período, vacuna que cree necesaria para lograr la continuidad de la subordinación de los sectores que, no tiene dudas, se verán desfavorecidos por la República posible y deberán aprender a esperar el tiempo de la República verdadera. Caseros y San Nicolás parecen dar razón al grupo que, con origen en la Nueva Generación (Alberdi, J. M. Gutierrez, Vicente Fidel López, Pico), ha decidido llevar adelante su proyecto de la mano de Urquiza.
Resulta paradójico que, en el que aparece a primera vista como un enfrentamiento coyuntural, se esté definiendo en realidad el carácter último de esa República posible. Es, efectivamente, en el corazón de Buenos Aires donde se libra la batalla decisiva. Si una de las características centrales del Estado es su rol de articulador de la dominación social, es menester que se defina previamente cual será ese sector social dominante. No podrán ser quienes intentan, con grandes dificultades, imponerse en la Confederación los que extiendan su supremacía a la segregada provincia. Si el avance hacia Buenos Aires y el litoral en general fue, en épocas de la colonia, fruto de conveniencias geoestratégicas antes que económicas y el interior se conectaba con el mundo trabajando para Potosí, la caída de España a los cada vez mas profundos subsuelos de Europa determinó una nueva configuración económica en la que el otrora poderoso interior mediterráneo se vio languidecer sin fin, mientras emergían sectores que encontraban otras formas de inclusión en un mundo cada vez mas interconectado. La Confederación no encontrará nunca la base económica que le permita completar la dominación del territorio. Será la fracción vencedora en la lucha intestina de la clase dominante porteña la que pondrá su sello a la configuración del Estado. ¿Es la percepción de lo imposible lo que motiva la actitud de Urquiza en Pavón, o es solo la cuestión menor de su enfrentamiento con Derqui?. Como sea, para entonces podrá comenzarse la construcción de ese articulador de la dominación social, tan necesario ahora que hay un sector en condiciones de dominar y que ha encontrado una figura cuyos devaneos anteriores solo pueden explicarse por la indefinición del conflicto de facciones en que Buenos Aires se hallaba inmersa.
Por supuesto que el arribo al final de esta transición no se hará sin derramar, abundantemente los líquidos elementales de la construcción de nuestra nacionalidad: sangre y tinta. A los enfrentamientos armados que lo signan, corresponden las casi tan virulentas confrontaciones de ideas que, en el paradigmático caso de Alberdi y Sarmiento, llega a extremos de agresión verbal solo equiparados por algún otro debate en que el ilustre sanjuanino haya participado (hay que decir que su incontinencia lingüística no ha sido igualada por ningún habitante posterior de la, a veces patética, fauna política nacional). Este debate / duelo, que tiene como fecha formal de iniciación el 12 de Noviembre de 1852 en que Sarmiento dató su dedicatoria de “Campaña en el Ejercito Grande” a su “querido Alberdi”, reconoce antecedentes mas profundos en los escritos de ambos de los años 45 y 47. Haciendo caso omiso de la frondosa y auto-elogiosa interpretación que cada uno de ellos hará a posteriori de su propia producción, con la clara intención de demostrar su condiciones proféticas, es cierta la diferencia y ésta se encuentra en las visiones que cada uno tiene sobre el legado del rosismo. Legado que, mientras Alberdi se apresura a incorporar, sin beneficio de inventario, como base necesaria y suficiente para la construcción de un Estado moderno, Sarmiento matiza en especial en los referente al ritmo de crecimiento económico (al que cree que hay que acelerar) y a la importancia de la institucionalización de un poder que el autor de las Bases cree ya consolidado. Los rasgos esenciales que sus idearios muestran en esos años se potenciarán como consecuencia del enfrentamiento entre ambos y de las contradicciones propias de un proceso tan rico en matices: Alberdi acentuará su conservadurismo y Sarmiento buscará en vano una base social capaz de realizar la construcción de una sociedad capitalista como la que conoció en su viaje por América del Norte y errará por posturas diversas, llevado muchas veces mas por su intemperancia que por un análisis detenido y circunstanciado.
Si la transición va definiendo las nuevas formas que adoptará el poder político institucionalizado, al mismo tiempo se sientan las bases de modernos instrumentos para la conquista y el mantenimiento de ese mismo poder. No podía ser la Confederación la que presentara innovaciones en ese sentido, demasiado aferrada a una estructura caudillista, que convierte a la Constitución en apenas una cáscara que se respeta solo formalmente mientras la verdadera forma de Ejercer el Gobierno sigue siendo el pacto entre mandamases y la lealtad personal. Será la ciudad de Buenos Aires la que retome su tradición de participación política, luego de los largos años en que se impusiera sobre ella la ajena manera de dominio político nacido en la campaña, reproductor del orden de la Estancia y trasladado a la urbe como remedio ultimo para el desorden y la anarquía que la lucha facciosa habían provocado. La sobreactuada politización rosista no parecía haber borrado de la memoria ciudadana el corto pero febril proceso iniciado con las milicias que enfrentaron a las tropas de Beresford y que cerrarían los funestos estallidos sociales de 1829. Es ese el público cuyos oídos endulzan los fervorosos discursos del credo liberal a la Mitre, el que mejor comprende las posibilidades que brindan los nuevos tiempos para quienes estén a la altura de ellos. El Partido es entonces el instrumento, el liberalismo la ideología. Pero como Base social la ciudad es insuficiente y el poder económico apoyará esta opción celeste, que parece garantizar tan bien como el rojo punzó la hegemonía de Buenos Aires, siempre y cuando se despoje de todo radicalismo demasiado infantil y abandone las recurrentes ideas de aventuras punitivas que transformen el desierto caudillista en un vergel liberal, por la fuerza de armas que sus ganancias deberían costear. Solo queda una forma de crear un partido que contenga a sectores tan diversos y que, al mismo tiempo, pueda pretender lanzarse a la conquista del interior: debe poder superar el cerco de definiciones programáticas para estar dotado de una flexibilidad tal que le permita la no definición absoluta. Indigesto para muchos que el movimientismo tenga su raíz nada menos que en las juveniles huestes de Mitre.
El Partido entonces como elemento innovador y como centro de la actividad política, pero lejos de encorsetamientos ideológicos u organizativos, con un amplio criterio que no puede evitar, sin embargo, inaugurar también la tradición nacional de fracturas, tensionado por las fuerzas reales que disputan la hegemonía en la clase dominante local. El autonomismo quedará como la expresión política de la impotencia para adaptarse a una realidad que trasciende al País y que exige de él la adaptación para que pueda ser aceptado como parte integrante del orden que surge del remozado maquinismo y que avanza arrastrado por las negras locomotoras a vapor del ferrocarril. Afilado el instrumento, los sectores dominantes de Buenos Aires podrán lanzarse a la construcción del Estado que pueda imponer esa dominación a todo el territorio.
Ese Estado, para servir al proceso de integración a la economía mundial, debe asegurar el orden interno. Si Orden y Progreso es la consigna, mientras el segundo término podría provocar, y efectivamente lo hace, interpretaciones diversas, el orden no necesita de sesudos análisis. El articulador de la dominación debe avanzar, para ser tal, sobre una sociedad civil que no opone mayores resistencias, dado su escaso grado de desarrollo autónomo, y sobre las autonomías provinciales, minadas ya las bases de sustentación de sus respectivos sectores dominantes luego del estrepitoso fracaso de la Confederación. La consecución de esos objetivos requieren de otros mas concretos tales como la conformación y distribución de una fuerza militar nacional, que se verá notablemente acelerada con la guerra del Paraguay; la cooptacion de los debilitados grupos que aún mantengan cuotas de consenso en el interior; la ejecución de obras que integren el territorio y sean funcionales al desarrollo económico elegido dentro de los márgenes que deja el capitalismo en su ruidoso avance hacia la periferia y la creación y difusión de elementos ideológicos de cohesión, es decir valores simbólicos que puedan servir a la creación de una identidad.
La segunda revolución industrial será entonces el fuego en el que se cocerán un Estado a la medida de sus necesidades y una nueva y gloriosa Nación en la inmensidad de las tierras que, alguna vez, habían sido consideradas yermas por la exigua mirada de los conquistadores españoles.

Alberto López Camelo

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